Papá Noel, Papá Noel:
En esta Navidad quiero pedirte más sensatez y menos sentimientos. Porque creo que no me da la altura para vivir en una novela de Jane Austen o en una película en la actúe Emma Thompson. Insertame, mejor, en un trhiller de Michael Chriton con menos besos y más dinosaurios; o en un tutorial de programación en C++, de esos que venden en los puestitos de diarios cercanos al Obelisco. Este año me porté re-bien.
(Hermoso flyer por Mariano Rodriguez)
Biblioteca:
(Del lat. bibliothēca, y este del gr. βιβλιοθήκη).
Catedral de nuestra fe (porque es un edificio de culto). Su afán de salvación por medio de la colección y el acopio es enorme o, mejor dicho, directamente proporcional al número de ejemplares recopilados. En el templo del Saber, la redención no surge sino del estante sobre estante sobre estante donde descansa, paciente, nuestro lomo y pan de cada día que, al leerlo, nos evita la tentación de la ignorancia, la caída.
La consulta es dialogar con el catálogo, buscar en el fichero. La consulta es pedirle al intermediario que aparezca eso, un libro, una coordenada para entender de qué la va todo lo que desconocemos y que nos convoca en la catedral. La consulta es orar, sí, pero oramos en silencio. Porque, como en cualquier otro culto, el silencio es la vía que la divinidad elige para moverse y revelar su sabiduría. Pareciera ser que no dice nada pero dice de todo. Sólo que quiere mostrarse en el ejercicio de la lectura silenciosa, de la reconstrucción encadenada que nuestras vistas hacen del significado.
Hay un entramado clave entre la biblioteca y la luz porque para leer se necesita mucho de eso. Y eso depende de las interpretaciones arquitectónicas de la congregación que administra el templo: algunas son todo vidrio para dejar pasar la luz natural, la del sol. Otras, en cambio, alistan la luz en veladores del tamaño de una porción determinada de escritorio. Un velador, una porción de escritorio, una persona. El tempo del Saber habilita un culto más bien personal y algo solitario desde que la lectura silenciosa se impuso, junto con toda la modernidad de la imprenta y las cantidades -cada vez más industriales- de libros circulando. Antes, allá lejos y hace tiempo, leían en voz alta. Y las bibliotecas eran cosa de monjes. Eran un culto al interior de otro culto, la cristiandad.
Amor de ~.
Hay momentos en los que el espacio de la catedral no nos resulta sino un club social y deportivo, tal vez algo tímido. Pero conocemos gente o, al menos, conocemos rostros. En algunas salas de lectura podemos hablar y tomar mate.
Siempre sucede de repente y como un destello: lo vemos entrar. Ahí viene nuestro Adso de Melk, con su corte taza y sus libros y sus apuntes. El resto de la tarde será trazar estrategias para saber qué está leyendo (e inferir si es un idiota más de Administración, un potro geek de Exactas o un chico racionalmente sensible de Filosofía y Letras). Pero está re bueno y es nuestro Adso de Melk de la tarde así que, por instinto sabemos que ni es de Medicina ni de Administración. Ya no podemos concentrarnos. Ya no hay silencio porque nuestro corazón palpita desbocado y la mateína nos pone peor. Vamos al baño, pasamos por su scriptorium y Adso está tomando notas de un manual de física.
Lo amamos. Lo amamos rotundamente y sin una palabra porque en este templo la palabra está vedada. Lo miramos pero tratamos de leer y anotar y dedicarnos a lo nuestro. En algún leve momento en que tuvimos la mirada gacha, de frente al libro, Adso, nuestro potro de Exactas, se habrá ido y con él, la,sesperanzas de estar con alguien que vea mil metáforas simultáneas de la construcción del sentido en cada constelación estelar… Nos volvemos a casa, con cierto sin sabor, con las palabras vedadas en medio de la garganta.
Oh, Adso! Te amamos tantas veces… Oh, joven discípulo del Saber!
Vete, vete corriendo, que tu maestro te llama y tú ni siquiera reconoces lo que vimos en ti…
Hermana mayor:
Sustantivo compuesto. Femenino.
1.
Asignación otorgada por la (oh, diosa) Selección Natural a un pedazo de materia consciente en el primer eslabón de una cadena filial x, en un núcleo familiar x. Se cimienta además en la construcción etnosociocultural de un rol que supone -antes que nada- la tolerancia estoica y permanente para con padres (ver padres), hermanos menores (ver: hermana menor), sociedad toda (ver la sociedad).
Sobre la hermana mayor suele decirse: que es el conejillo de indias de los pedazos de materia consciente que están dilucidando, en la marcha, sentidos posibles para esa cosita loca llamada paternidad; que se piensa que es la madre; que los cuida como si fuera una pequeña madre; que te dejo a cargo de la cena; que destiendas la ropa porque tu hermano no sabe; que es obediente y colaboradora; que es muy madura para su edad. Todo eso es cierto.
Pero resulta también que la hermana mayor ha interactuado con el *ratón Pérez* primero, que menstruó y pegó el estirón primero, que se lavó el culo y los calzones sola primero (sencillamente, porque nació primero…) y tiene que sobrellevar una batería de gestos variopintos de minimización que los eslabones subsiguientes de la cadena filial despliegan hacia ella para intentar superar ese desnivel jerárquico que ordena la concatenación filial. Sin embargo, la hermana mayor sabe archivar fechas y datos -en virtud de la táctica y estrategia desarrollada para sobrevivir a los experimentos paternos- y ha aprendido (también primero) en qué momento de la sobremesa recordar hasta qué edad el hermano menor se hizo pis en la cama.
La relación emblemática entre hermana mayor y un eslabón subsiguiente de una cadena filial puede recuperarse del cine; de Jurassic Park, para ser exacta: sos un poco geek (el sistema operativo Unix te resulta pan comido) y ya con 13 o 14 años sos vegetariana, es decir, que tenés re laburado el asunto de los impulsos y las pasiones en plena adolescencia: sos una sobreadaptada. El subsiguiente eslabón de la cadena filial es un huevoncito, pantalones cortos, que no ha pegado todavía el estirón y que flashea con las teorías en disputa para explicar la extinción de los dinosaurios (!). Como son nietos de un viejo escocés y millonario que inventó un parque temático con dinosaurios vivos sin reparar en gastos -pero tampoco en el principio de realidad-, ahora tenés que fumarte una secuencia de terror en la cocina del restaurante tropical del parque, donde tres velocirraptors asesinas se regodean asignándote el rol de presa antes que del de hermana mayor. Te hacés cargo de la situación y de lo que los otros te adjudicaron pero, obviamente, para retrucarlos desde ahí (seguro hiciste Judo). Así que te encargás de virlarle el morfi a tres dinosaurias con un juego de espejos. Guardás tu pellejo metiéndote en el horno y después encierran a las bichas en la heladera frigorífica. Se salvan y Steven Spielberg reescribe así Hansel y Gretel.
Sección chico-conoce-chica
Él: yanqui.
Ella: tana.
Él: científico devenido agente secreto del gobierno de los Estados Unidos.
Ella: cantante devenida aficionada feroz de la resistencia local antinazi.
Él: técnico.
Ella: amateur.
Él: vive.
Ella: sobrevive.
Él: tiene una misión. Táctica ofensiva. Se mueve hacia delante. Lucha por lo que será.
Ella: tiene una movidita. Táctica defensiva. Se mueve hacia atrás. Lucha por lo que fue.
Adoptan un gato y se enamoran entre la hostilidad del medio.
Yo soy el vado que no puedo vadear y la línea que no puedo torcer ni cortar.
Yo soy el domingo que no puedo eludir.
Yo soy yo y no puedo decir: “yo soy yo y mis circunstancias”, “yo soy yo y todos los que me habitan”, “yo soy yo y mi historia”. Porque aquí y ahora, toda conciencia, toda egocentro, yo soy yo en primera plana.
La canción que suena, también habla. Ojalá no la hubiera escuchado como si fuera el relato de un mapa sobre estos mis altibajos sensacionales de domingo…
“¿puedo contar con vos?” “¿estás ahí, dispuesto para recibirme así?”
Ojalá me digas sí o no. Es decir, ojalá no me bicicletees la conexión vía palabra refugiándote debajo de alguna de tus toallas percudidas con olor a humedad. Ojalá no te hagas el lindo gesticulando palabras inaudibles por las multitudes que te abrazan sin acercarte. Ojalá no te demores tanto tanto que te veas interceptado por lo que completé durante tu silencio, imaginando, algo insegura.
“(…) yo viví cuatro años en VdP y no te crucé jamás”, dijo. “No me reproches lo que entregaste al azar”, contesto.
VdP es mucho más grande de lo que parece… o no es inmune al efecto despersonalizador de la ciudad, aunque tenga fisonomía de pueblito costero.